jueves, 22 de febrero de 2018

Francisco BAPTISTA FLORENZA, morir en Cádiz


En julio de 1936, Francisco Baptista Florenza era maquinista de cargo del buque escuela Juan Sebastián Elcano. Por ser período vacacional, la nave estaba atracada en el Arsenal de la Carraca de San Fernando, en Cádiz. En el momento del golpe militar, el comandante del barco, el capitán de navío González-Aller, se adhirió a la sublevación e invitó a la tripulación a seguir su ejemplo. Francisco Baptista Florenza, junto con unos 15 o 20 miembros de la dotación, rechazó unirse a la rebelión y así lo manifestó. Todos ellos fueron desembarcados e internados en las dependencias militares de la Casería de Ossio de San Fernando. Entre agosto y septiembre fueron trasladados al penal de Cuatro Torres, dentro del Arsenal Militar de la Carraca y se les comunicó que iban a ser procesados por…rebelión militar.

Pero un día de octubre, sin juicio, sin sentencia, Francisco Baptista fue “elegido”, junto con otros dos compañeros maquinistas, Enrique Fernández García y Aquilino Pombo Ríos, para ser fusilado de madrugada por un pelotón de guardias civiles voluntarios en las tapias del cementerio.

Francisco Baptista Florenza murió con 31 años en la noche del 10 al 11 de octubre de 1936. 

Había ingresado en el cuerpo de maquinistas en 1925, con 20 años. Vivía en Ferrol, en el número 60 de la calle Canalejas. Estaba casado con Sara Torrente Márquez y tenían dos hijos, Mª Carmen de 6 años y Francisco de 4 años. En el momento del asesinato, la madre y los dos niños estaban en la casa de veraneo al otro lado de la ría. Se tuvieron que ir a Vigo, para esconderse en casa de una amiga de la madre, ya que los persiguieron, amedrentaron y amenazaron. No le concedieron pensión a su viuda y la familia sobrevivió en condiciones muy precarias.

Estos niños, hoy mayores, no saben aún dónde está enterrado su padre. 

En la actualidad, se están abriendo fosas en el cementerio de San Fernando de Cádiz y, quizás, un día, puedan dar sepultura digna a su padre.

En la Causa 156/36 –sin sentencia, obviamente- que se le abrió a Francisco Baptista Florenza consta su único delito: manifestar al comandante de ElCano que no colaboraría con el Glorioso Movimiento Nacional.

Ésta es la justicia que podían esperar los que no pudieron marchar al exilio.


Gracias a Nena y a Pin por prestarme su voz.

Fuentes:
CASADO MONTADO (1992) José, Trigo tronzado. Crónicas silenciadas y comentarios, San Fernando (Cádiz): autor.
DOMINGUEZ PÉREZ, Alicia (2014) El verano que trajo un largo invierno, Cádiz: Quorum, Reeditado en 2011.
VEGA BLASCO, Antonio de la (2009) El Cuerpo de Maquinistas de la Armada (1850-1950), Madrid: Ministerio de defensa

jueves, 14 de diciembre de 2017

José González López, el maestro zapatero del Libertad



Mis hermanos me hablaban de mi padre, pero yo tenía tres años cuando marchó y no me acordaba de él. Aquello me atormentaba mucho”, recuerda Mª Luisa González Collado. Su padre era el maestro zapatero del Libertad. Había embarcado  en ese buque en 1928, cuando aún se llamaba Príncipe Alfonso.

José González López había nacido en Villajuan de Arosa, de la provincia de Pontevedra,  el 5 de febrero de 1903. Pero muy pronto la familia se fue a vivir a Vigo hasta que en 1925 se casó en Ferrol con Manuela Collado López.

La foto que encabeza este artículo se la hizo José en Barcelona en 1929, donde vio la Exposición Universal. Era muy jovial y un entusiasta de los deportes. Varias fotos lo atestiguan:


Con gorra de plato, entusiasmado, en una pelea de boxeo en el Libertad.



Corriendo detrás del campeón de la milla española,  cuando llega a la meta, en Santander el 26 de marzo de 1933. También era futbolista cuando éste era un deporte incipiente.

 Tras los tres años de guerra, salió de Cartagena con la Flota el 5 de marzo de 1939, dejando en Ferrol a su mujer con cuatro hijos. Llegó a Bizerta, en Túnez, y al cabo de unos días, los mandaron a 300 km al sur, encerrados en vagones para caballos. “En las estaciones sacaban las manos por las rendijas y los policías les pegaban en las manos con palos. Les pegaban…”. También contaba su padre que hubo gente que les tiraba papeles con su dirección para que tuvieran a alguien a quien escribir y para mandarles ayuda o paquetes. José González estuvo 9 meses recluido en el campo de concentración de Meheri-Zebbeus, pasando calamidades. Pero para hacerse las fotos que mandaba a la familia por medio de la Cruz Roja, estaba hecho un pincel. 





Salió del campo para trabajar en el Arsenal de Ferryville. Empezó a hacer los trámites para reclamar a su familia. Pero con la II Guerra Mundial, la rendición de Francia y la invasión de Túnez por los alemanes e italianos, todo se quedó en nada.

José González, con su oficio, se ganaba la vida. Para ayudar a su familia, “mi padre le daba dinero a algún exiliado que lo necesitaba y su familia le daba la misma cantidad a mi madre”.

Por fin, en 1947, la familia pudo reunirse con José. El viaje “fue toda una odisea. Duró 11 días. Llegamos a Málaga con 9 horas de retraso y perdimos el barco hasta Melilla. Tuvimos que esperar varios días hasta que llegó otro barco. En Oujda, que era la frontera del Marruecos español con Argelia, mi padre había pagado al revisor del wagon-lits. Llegamos a Constantine en tren. Después, hasta Túnez capital. Allí fue mi padre a buscarnos. Era de noche”. Por fin, con 14 años, Mª Luisa pudo conocer a su padre.

Mª Luisa sigue recordando: “Mi padre tenía un comercio de marroquinería tunecina. Lo hacíamos todo nosotros. Era todo en cuero y mi hermano decoraba la piel con motivos árabes. Era un trabajo duro, pero vivíamos”.

Cuando en 1957 Túnez proclamó su independencia, la vida se hizo más difícil. Al irse los franceses, ya no había ventas. La familia volvió a España un mes, de prueba. Nadie les molestó así que pensaron rehacer su vida aquí. Pero José tenía 55 años y fue difícil. En los años 60 se ganó la vida haciendo de traductor para los barcos boniteros o langosteros que venían de Bretaña o el País Vasco. Acompañaba a los tripulantes al médico cuando lo necesitaban, les llevaba a hacerse fotos o a comprar víveres. Cuando llegó la democracia, hizo los trámites para reclamar una jubilación de Marina. Pero siempre le vino rechazada: no había sido marino y nunca había tenido contrato, sólo un acuerdo verbal. Era lo que llamaban en la jerga de la época “criado particular”. Los hijos ayudaron a sus padres en su vejez. José García López murió a los 84 años en su tierra con la pena de no haber podido disfrutar de una jubilación después de 11 años de servicios en el Libertad.


Las fotos son del Archivo de la familia de José García López. Agradezco a Mª Luisa García Collado su testimonio y su cariño.






lunes, 6 de noviembre de 2017

Virgilio Botella Pastor, "Entre memorias".

Foto de Virgilio Botella Pastor


Virgilio Botella Pastor nació el 27 de octubre de 1906 en Alcoy. Su familia se trasladó a Madrid donde Virgilio cursó la carrera de Derecho. Vivió y participó en la lucha sostenida por los estudiantes de la FUE contra la dictadura de Primo de Rivera. En 1926 ingresó por oposición en el Cuerpo de Intendencia de la Armada. Durante dos años estuvo en Cartagena como alumno en la Escuela de Intendencia Naval de alférez.  En 1928 ascendió a teniente de Intendencia, embarcando en el cañonero Bonifacio. Alcanzó el grado de capitán dos años más tarde. Durante la República fue sucesivamente Jefe de Administración en el Cuerpo de Intendencia de Marina, trabajó en el gabinete que tenía su padre, Juan Botella Asensi, junto a Álvaro de Albornoz, e ingresó, por concurso, en el Cuerpo de Intervención Civil de la Marina como administrador.

En enero de 1937, Juan Negrín, entonces ministro de Hacienda, le confió una misión en Tánger que cumplió a satisfacción de todos. También fue el representante de la Delegación Española en la Asamblea de la Sociedad de Naciones en Ginebra. Por fin, ya en los últimos meses de la guerra, cuando fue llamado a filas, fue capitán de Intendencia en la Base Naval de Roses.

Caída Barcelona, cruzó la frontera con Francia por Le Perthus el 28 de enero de 1939. El 15 de mayo de 1939 pudo partir a México con su familia. Allí trabajó y empezó a escribir lo que será una saga novelada de la guerra y el exilio.

Cuando se reconstruyeron las instituciones de la República en 1945 en Paris, el presidente del Gobierno, José Giral, lo nombró jefe de los Servicios Administrativos del Gobierno republicano en el exilio. Abandonó México y un buen trabajo para desempañar, durante diez años, la tarea encomendada. En su libro Entre memorias. Las finanzas del Gobierno Republicano español en el exilio (1), da cuenta de su labor y sus vivencias en esos años.

Llegó a Francia a bordo del Athios II desde Nueva York. Al pasar por el estrecho de Gibraltar, Tarifa y las costas andaluzas, muchos recuerdos le vienen a la memoria. Uno es el año que estuvo como “contador de fragata” (teniente de Intendencia de la Armada) a bordo del cañonero Bonifaz. La evocación del año de estuvo en ese cañonero, nos permite, a través de una anécdota, acercarnos a la vida cotidiana de la marinería a bordo de  un buque de la Armada.


El ejercicio de mi función me iba a permitir poner en práctica mis ideas. La primera cuestión de la que me ocupé al embarcar fue la de la comida de la marinería, para mí, la representación del pueblo en el “Bonifaz”. Me enteré, no sin asombro de que, tras el toque de diana, el desayuno que se daba a los marineros, cabos y maestres consistía en llenarles de un café claro, a la americana, el plato hondo de aluminio que les servía de escudilla para el rancho. Eso era todo, no se les daba ni un trozo de pan, y con eso tenían que pasar faenando toda la mañana a bordo hasta la hora del rancho que se solía repartir a las once y media. […]
La cuestión de la comida en los barcos es importante, es la que ha dado lugar en la historia al mayor y más importante número de plantes de las dotaciones de mar. Por ello se rige conforme a normas especiales. El órgano rector en la materia, encargado además de administrar lo asignado por el Estado para el racionamiento era la “Junta de víveres” compuesta por el comandante, el segundo de a bordo y el oficial de intendencia.
El racionamiento se componía de dos partes: el suministro del “seco” y la compra diaria del “fresco”. El primero comprendía todo cuanto podía adquirirse al por mayor y conservarse en los pañoles destinados a ello: arroz, garbanzos, judías, lentejas, patatas, vino, aceite, café, azúcar, etc., y estaba a cargo del 2º contramaestre responsable de la custodia de los víveres.
 El “fresco” lo adquiría directamente a diario en el mercado la “comisión de compra”, compuesta por un cabo y dos marineros, cargos que se renovaban mensualmente mediante elección directa efectuada por la marinería.
En la compra del “fresco” no había nada que hacer, no se podía intervenir. La marinería era autónoma para ello y la gestionaba directamente. Me limité a supervisar para advertir cualquier posible deficiencia. Nunca vi ninguna.  
 Pero en la adquisición del “seco”, mucho más importante sí podía intervenir. […] Podía encargarme yo de ella. […] Requirió trabajo pero fue sencillo. El “Bonifaz” navegaba frecuentemente por las costas andaluzas, Ceuta, Melilla y Tánger. En los puertos francos compré al por mayor harina, café, azúcar y leche condensada. En Málaga, aceite y vino. Y para los demás componentes del seco pedía muestras y precios a tres grandes almacenistas y adjudicaba la operación al que hiciera la oferta más ventajosa.
 Gracias a este sistema los precios del seco en el “libro de víveres” resultaron inferiores a los antes practicados. Ello permitió aumentar y mejorar el suministro diario y al cabo de cierto tiempo tuve la satisfacción de que el café para el desayuno de la marinería se añadieron leche y pan, y que se constituyera, además, un fondo para ranchos extraordinarios en las festividades oficiales".

Después, Virgilio Botella dice: 
"A la vista de las costas andaluzas recordé otras varias experiencias que por ellas adquiriera en el “Bonifacio” en defensa de los intereses del Estado y de la marinería, pero su exposición ocuparía demasiado lugar". 
Y nos deja con la miel en los labios.

Al día siguiente pasan por delante de Alicante, tras la cual distingue la cuesta de la “Carrasqueta” que llevaba a Alcoy, su pueblo natal.  Y explica lo que siente, definición de lo que es el exilio: 
Nueva nube de memorias en tropel, mezcladas con la añoranza de lo perdido, la tristeza de lo por entonces imposible y la esperanza de que en breve no lo fuera. El exilio era eso…”.


1. BOTELLA PASTOR, Virgilio, Entre Memorias, Las finanzas del gobierno republicano en el exilio, Sevilla: Renacimiento, 2002.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Juan Ponte Paseiro: Del Penal de San Fernando a Cartagena, pasando por Sevilla, Cáceres, 32 días de frente, evasión a la zona republicana por Algodor, Madrid, para luego embarcar en el crucero ‘Libertad’

Penal naval militar de la Casería de Ossio



Este largo título corresponde a una parte de los recuerdos de Juan Ponte Paseiro, cabo de artillería telemetrista que en julio de 1936 estaba embarcado en el Canovas del Castillo, surto en el puerto de La Carraca.  Hay pocos relatos de supervivientes de aquellos días de fuego y sangre en San Fernando. Como su título indica, la narración comienza cuando Juan Ponte estaba  encerrado en el Penal de San Fernando donde había ingresado el 23 de julio de 1936. Este es  el relato de cómo vivió esos días aciagos y cómo los recordaba.  

Cuando nos metieron a los del “Cánovas” en el Penal ya había unos 80 civiles, entre ellos estaba el alcalde de San Fernando que era médico y socialista. Los quitaron a todos del Penal y los fusilaron sin juzgar, como a perros rabiosos. Dejaron solo al Alcalde que días más tarde lo fusilarían también, a pesar de que todo San Fernando pedía su liberación porque según ellos era muy bueno con el pueblo".

"En el Penal metían a veces fulanos a empujones como rojos peligrosos, pero que en realidad eran espías falangistas y a los pocos días iban a buscarlos y los esposaban delante de nosotros para hacernos creer que los iban a fusilar y de esa manera se enteraban de todo o parte de lo que se hablaba dentro y se daba el caso de que venían de noche y se llevaban 4 o 5 presos que ya no volvían. Era porque esos espías los habían denunciado y así mataron un montón de ellos. Y gracias a que la hija de la lavandera nos avisó de este asunto y a partir de entonces, cuando metían a algún desconocido, ya lo considerábamos espía y lo aislábamos por completo, sin que se dieran cuenta.
Estuvo preso con nosotros un  muchacho de La Línea que había estado con el Alcalde de su pueblo y nos contó que cuando el cura fue a confesar al Alcalde, éste se negó, diciendo que nada tenía que confesar. […] El cura llevaba un crucifijo de metal en la mano y se lo puso delante de la boca para que lo besara, a lo que el Alcalde se negó. Entonces ese curita llamó a uno de los auxiliares de prisiones para que esposara al Alcalde, y una vez esposado, volvió a insistir que tenía que besar el crucifijo, y al negarse de nuevo, le pegó con el crucifijo en los dientes con tanta fuerza que le rompió el labio y los dientes de delante. Este muchacho nos contó también que al principio del Movimiento, el pueblo de La Línea fue al Alcalde a pedir armas y este se negó, sin duda creía que aquello no era nada. Naturalmente el Alcalde fue fusilado, como lo fueron muchísimos cientos de ciudadanos de La Línea".

"Durante todo el mes de julio, después de haber fusilado a 13 o 14 del “Canovas” nos dejaron tranquilos hasta el mes de septiembre que empezaron las declaraciones. Por lo que me concierne hubo días que entraba en el juzgado a las 8 de la mañana y no salía hasta las 2 de la tarde. […] A principio de septiembre se presentó en el Penal todo el Estado Mayor del Arsenal de la Carraca, acompañados de un pelotón de Infantería de Marina y falangistas en uniforme y nos mandaron formar a todos en el patio de la prisión. Una vez formados el Jefe de Estado Mayor nos dirigió la palabra, diciendo:”El General Queipo de Llano no quiere tener prisioneros y me ordena pregunte a todos vosotros quienes quieren ir al frente a defender España. Los que quieran que den un paso al frente”. De todos los que había en el penal no salió ni uno solo. En vista de que fracasaron en este primer intento, aquel mismo día, a eso de las 12 de la noche y cuando ya estábamos dormidos, sentimos abrir las puertas de las celdas. En la celda donde  me encontraba entraron un teniente de Infantería de Marina, pistola en mano, acompañado de varios soldados y falangistas. Nos hicieron levantar a todos y formar en calzoncillos, nos dijeron que se había escapado un preso, cosa que no era cierta. El Teniente empezó a contarnos, siempre con la pistola en la mano, y de cada cinco quitaba uno. No recuerdo cuántos quitó, pero lo que recuerdo muy bien es que aquellos desgraciados, por el solo hecho de hacer el número cinco fueron ametrallados momentos después. Al día siguiente por la tarde volvieron de nuevo, y esta vez en cuanto preguntaron si había voluntarios para el frente, nos apuntamos todos sin excepción. El Jefe de Celadores de Prisiones me llamó, por ser uno de los Cabos más antiguo del “Canovas” y me entregó dos pliegos de papel y un lápiz para que hiciera la lista de todos aquellos que quisieran confesarse aquella tarde y recibir el Señor al día siguiente de madrugada. Por temor a ser fusilados, todos se apresuraron a apuntarse y no quedaban tranquilos hasta que se cercioraban que estaban en la lista".

"Al día siguiente a las 5 de la mañana tocó la campana para que formáramos para comulgar. El cura con voz sonora nos aconsejaba que el que no estuviera confesado que no comulgara, porque era un grandísimo pecado. Yo, que fui el que hizo la lista, les pregunté a los que comulgaban si apuntaba a los que lo hacían. Como me dijeron que no, no me confesé pero sí fui a comulgar lo mismo, porque daban un bocadillo y una copa de ginebra, y me puse de nuevo a la cola, por lo que me “papé” dos bocadillos y dos copas de ginebra".

 "Aquella tarde hicieron de todos nosotros dos compañías, para salir para el frente al día siguiente. Una vez listas las compañías nos pasaron revista todos los oficiales de las dependencias a las cuales pertenecían los presos y allí quitaron a unos cuantos que ellos consideraban peligrosos, entre ellos Moreno, cabo de Marinería del “Elcano”. Por el “Canovas” nos pasó revista el alférez de Navío Pita da Veiga, Felipe, y cuando llegó a mí, me preguntó cómo me llamaba (le sobraba de saber cómo me llamaba) y cuando le di mi nombre me agarró por la marinera y me quitó de la formación. Pero en ese momento llegó el Teniente de Navío Don Jesús Sánchez Ferragut, que me conocía por haber estado embarcado juntos en el “Jaime” y me preguntó porque estaba allí. Le contesté que no lo sabía, ya que yo no había hecho nada y, sin más palabras, me metió de nuevo en la formación. Con esta acción me salvó la vida ya que todos los que quitaban era para fusilarlos horas más tarde".

 "Una vez terminada la revista en el Penal nos llevaron formados hasta Capitanía General de la Carraca, donde nos pasaron otra revista, pero esta vez fueron los curas que, como había muchos andaluces entre nosotros, han venido los curas de Cádiz y sus alrededores para descubrir aquellos que no iban a misa y que eran malos feligreses. Ellos no los quitaron de la formación, pero se lo decían a los oficiales para que lo hicieran, todo ello por medio de señales consensuadas, con objeto de [que] nosotros no nos diéramos cuenta. Quitaron de la formación 12 o 14 que los llevaron al paredón".

 "A las seis de la tarde de aquel 20 de septiembre de 1936 nos llevaron formados hasta la estación, vino la banda de música de Infantería de Marina a tocarnos unas piezas como despedida y por otra parte la familia de los andaluces, que llorando a grito pelado venían a despedirse de sus hijos, hermanos o amistades. La máquina del tren llevaba una boca muy grande abierta que significaba que nosotros íbamos a comernos vivos a todos los Rojos. Por eso le llamaban la columna de la Boca". […]

"Una vez desembarcados del tren, custodiados por un Tabor de Regulares, nos llevaron formados hasta los pabellones de la Exposición, que estaban todos salpicados de sangre y había un olor a muerto que confundía. Allí estuvimos unos días hasta que salimos para el frente. Llevábamos los fusiles, pero no llevábamos municiones. No éramos gente de confianza, solo nos las dieron cuando llegamos al frente. Estábamos vigilados constantemente por los regulares".

"A primeros de octubre llegamos a Cáceres. Nos llevaron allí única y exclusivamente para que le viéramos las barbas a Millan Astray que nos largó el discurso siguiente:”¡Marineros! ¡Vosotros que habéis asesinado  a vuestros jefes y oficiales, hijos de madres honradas! Yo sé que lo habéis hecho forzados por vuestros compañeros rojos, que son los culpables de toda esta tragedia, pero no tened miedo, que a vosotros nada os pasará. ¡Miradme a los ojos! (debía de hablar en singular ya que no tenía más que uno, el otro era de cristal). ¿Queréis ser legionarios?” y la mayoría respondió “Sí”. “¡Ya veo que sois valientes marineros! ¡Iréis a luchar por España como buenos legionarios! Pero os aseguro que dentro de 15 días no existirá ninguno de vosotros. ¡Moriréis todos!  ¡Pero vuestros nombres quedaran grabados en letras de oro!” Luego, con una pausa, nos dijo: “Si alguno de vosotros tiene miedo a morir que dé un paso al frente”. Yo miré por si salía alguno, pero no salió nadie. A continuación nos hizo cantar la canción del legionario que la mayor parte no sabíamos, pero hacíamos ruido. […] A todo esto eran las tres de la tarde y todos nosotros sin comer, pero con el discurso se nos cortó el apetito".

"De allí salimos en ferrocarril hacia la Sierra de Gredos, Ávila. Una vez en el frente nos dieron las municiones, pero siempre vigilados por los regulares. De la provincia de Ávila nos enviaron a Toledo, a donde llegamos al día siguiente de caer en las manos de franquistas. Aún estaban los muertos tirados en las calles. Decían que los que había allí dentro eran cadetes pero nosotros que fuimos testigos de la gente que salía de allí, sabemos que no es verdad. Cadetes había muy pocos, lo que habían eran muchos guardias civiles y población. Vimos salir una mujer con un niño en los brazos. Había dado a luz allí".

A continuación Juan Ponte relata las atrocidades que presenció en el frente, conforme iban avanzado en territorio conquistado, durante los 32 días que permaneció con los franquistas. Después sigue explicando su proyecto de evasión.

En un pueblo llamado Algodor, los cinco del Cánovas (1) nos pasamos a las fuerzas de la República, las legales de España. Fue una aventura peligrosa pero el que algo quiere algo le cuesta. Gracias al Demonio que lo contamos".

"Decidimos pasarnos a la zona leal. Para ello era necesario atravesar un puente del ferrocarril que atravesaba el Tajo. Tenía entre 40 o 50 metros de alto y como el río pasaba con mucha corriente, estudié bien el asunto y me pareció más fácil pasar por encima del puente para lo cual había que contar con Manso que era el cabo de guardia que había en la cabeza del puente con unos cuantos marineros canarios".

"Creo que era el 19 de octubre de 1939. Yo había estado de guardia hasta la 12 de la noche en una central eléctrica que había en dicho pueblo. Cuando salí de guardia fui en busca de los demás, les propuse el asunto de la evasión, lo que aceptaron sin dificultades y juntos nos dirigimos hacia el puente. Llegados allí, llamé a Manso aparte y le propuse el asunto. La cosa no fue fácil pero al final conseguí convencerle".

"Y con esto nos pusimos manos a la obra. Recuerdo era una noche oscura. No se veía ni a dos metros de distancia. El puente era por donde pasaba el tren y no quedaba espacio para más nada. En cuanto llegamos al centro nos encontramos con un vagón que nos cerraba el paso y para pasar tuvimos que agarrarnos al vagón con el cuerpo descolgado hacia el Tajo. Como ya he dicho, el puente tenía una altura de 40 o 50 metros. Pero, aunque con mucha dificultad, conseguimos pasar el obstáculo".

"Una vez pasado al otro lado del río continuamos andando por el centro de la vía, sin saber a dónde íbamos a parar y cuando llevábamos unos 10 minutos caminando sentimos una voz que decía: ¡Alto, quien vive! ¡Santo y seña! Tanto yo como el resto nos tiramos al suelo en medio de la grava de la vía. Sentimos unos disparos de ametralladora y entonces con la cabeza contra las piedras grité: “¡Somos cinco marinos que nos hemos pasado a vosotros!”. Entonces dejaron de disparar y tardaron unos momentos en hablar.  Al poco rato, nos dijeron de poner el fusil en bandolera y que avanzáramos con las manos en alto y así lo hicimos. Cuando llegamos donde estaban nos quitaron las armas y correajes con las cartucheras llenas de municiones y nos preguntaron por dónde habíamos pasado. Cuando les dijimos que por el puente se echaron las manos a la cabeza y nos dijeron: “Vaya suerte que han tenido ustedes!” Según ellos, el vagón que estaba en el centro del puente estaba cargado de dinamita  y lo habían puesto ellos con objeto de volar el puente pero no funcionó y esa fue nuestra salvación. Pues si llegara a explotar cuando tuvimos que agarrarnos a él para pasar irían nuestros cuerpos a parar a Toledo".

"Al día siguiente nos llevaron en un camión a Madrid y al Ministerio de Marina".

En Madrid, después de una serie de avatares, los cinco amigos se vieron, por fin, camino de Cartagena.

"Salimos en un camión abierto para Alcázar de San Juan, para allí tomar el tren para Cartagena ya que de Madrid no se podía salir por ferrocarril por estar todas las comunicaciones cortadas a excepción de la carreta de Valencia. Cuando llevábamos una hora de camino uno de los señores que iba en el coche le dijo al chofer que parara un momento, alegando que había una señora enferma, cosa que no era cierta. El camión paró y bajó el señor y pistola en mano obligó al chofer a bajarse y le pegó un par de tiros en la cabeza y lo dejamos allí tendido en la cuneta. Nosotros no sabíamos lo que ocurría, hasta que el señor nos lo explicó. El camionero nos quería meter en las líneas franquistas, de las que estábamos a menos de un kilómetro. Menos mal que ese señor se conocía bien el camino y se dio cuenta del asunto, por lo que nos salvó la vida a todos lo que en el camión había.




“Yo iba de jefe del grupo y llevaba los documentos de todos para que los entregara a la Capitanía general de Cartagena. Pero el jefe que cogió los papeles nos dijo que íbamos a formar parte de una compañía de Infantería de Marina que iba a salir para el frente ¡Otro fascista más! No quisimos cumplimentar la orden y nos fuimos para hacer nuestra presentación en el Estado Mayor de la Flota. Nos dirigimos por la calle Mayor hacia el muelle y cuando llegamos al Club Náutico oímos la explosión del torpedo que había tocado al “Miguel de Cervantes”. Ese mismo día nos fuimos al “Libertad” en donde nos quedamos cuatro embarcados. El quinto, Eliseo, marinero leonés, prefirió embarcar en el “Jaime” donde tenía un buen amigo. Aquí se acaba la historia que, como se puede ver, nos jugamos la vida hasta llegar al “Libertad”, por la LIBERTAD.”


(1) Los cinco compañeros que se escaparon juntos fueron Juan Ponte Paseiro, su hermano, Marcelino, Eliseo Fernández Fidalgo, Emilio Veiga Rodríguez y Arturo Manso Camiño.